Mis adorables quince años

Hoy he estado registrando unos cajones  de mi habitación llenos de  viejos papeles. En esos cajones he ido acumulando cosas  a lo largo de años y años. La mayoría eran trabajos de clase, agendas  escolares viejas llenas de poesías tontas de esas que se ponen las adolescentes tipo: “naranjas naranjas, limones, limones, yo tengo una amiga que vale millones” La mayoría firmados por gente que  ya apenas recuerdo y con la que no he hablado en años. Pero bueno. Entre todo el papeleo ha descubierto que siempre me ha gustado escribir. No es que no lo supiese, pero no recordaba que escribía tantas cosas. He encontrado montones de papeles  guarreados con pequeños  relatos (la mayoría no merece la pena o no están terminados), bosquejos de historias que nunca continué, con sus planteamiento temporal y sus descripciones de personajes y  todo. Así que, aunque ahora me parece algo lejano ( y eso que no ha pasado tanto tiempo), escribía en mis años rebeldes.

Y oye, tampoco lo hacía tan mal. He encontrado uno que me ha gustado, que ni siquiera recuerdo  haber imaginado alguna vez  y que creo digno de poner aquí. Lo he transcrito tal cual, aunque tiene evidentes fallos, pero  bueno, es  algo que escribí a mis “tiernos” quince añitos:

La habitación está oscura, demasiado oscura. La puerta esta herméticamente cerrada, pero una débil luz se cuela por la rendija, cortando la oscuridad en un pequeño espacio y delineando las débiles siluetas que componen la habitación. Es una estancia  familiar, la conozco bien. Podría andar a ciegas sin tumbar ni uno solo de los muebles rotos y ajados  apilados a lo largo del tiempo, las mesas y los percheros antiguos. Debería sentirme más segura en esa habitación que en cualquier otro lado de la casa. Pero no puedo. Tengo miedo.

El miedo me atenaza, me paraliza. Me hago un ovillo debajo de una vieja mesa que ya sé que está ahí. Ya no oigo sus gritos. Mis tres hermanos se han cansado de buscarme. Los odio. Los mataría si fuese capaz. Per no lo soy. A ellos les gusta que tenga miedo, les gusta verme llorar y suplicar que paren de hacerme daño. Pero ahora, ya me dan igual. Ellos se han cansado, pero Él todavía no ha llegado. Él. Nunca falla. Siente mi miedo, lo huele, y viene a buscarme. Siempre aparece. Siempre. A él  también lo odio.

Lo odio por que no se quien  es. O qué es.

Lo odio  por que me mira en la oscuridad, siempre. Cada vez que me escondo, él está ahí. Lo siento incluso antes de que pueda verlo.  Me vigila, me mira y sonríe. Una sonrisa cruel. Disfruta viéndome asustada, igual que ellos. Disfruta asustándome en mi único refugio. Cuanto más miedo tengo, más sonríe. A veces me parece oír carcajadas a mi alrededor. Histriónicas, como el eco de una risa más que una risa en sí. Me rodean, acercándose a mi. Suenan cada vez con más fuerza, hasta que parecen risas ahogadas en mi oído.

En ese momento, siempre empiezo a llorar. El gana, siempre acaba ganándome. Sabe que es una pequeña tortura, que me asusta estar así. A oscuras y oyendo su risa. Pero  sabe que me asusta aún más salir fuera. Con ellos. Piensa que soy débil, una tonta. Una llorica insignificante. El  frágil juguete de unos hermanos que disfrutan haciendo daño.  Él también se divierte. Le gusta verme así, encogida, vulnerable. Temiéndole.

No lo dice, nunca habla. Pero lo sé, y eso me da más miedo. Sé lo que piensa, creo que me deja saberlo. Para herirme un poquito más.

Se acerca a mí. Apenas  es una silueta más entre los muebles. Lleva un sombrero de copa. Podría resultar gracioso. Una silueta con sombrero. ¡Veo una silueta con sombrero! ¡sombrero de copa! Se reiría si no estuviese tan concentrada en no gritar.

Se queda muy cerca de mí. Cerca de mi cara. Puedo sentir su aliento enfriando el húmedo recorrido de mis lágrimas. Y sus ojos. Brillan. Refulgen, intermites, no puedo decir de que color son, por que veo todos los colores. Es bastante hipnótico, y en un alarde de consciencia me digo que tengo que cerrar los ojos o me hará hacer algo que no quiero.  Ya he dejado de llorar, me quedo inmóvil, estática, escuchando mi respiración, sintiendo mi pecho subir y bajar acelerado, esperando sentir una mano fría agarrándome. O un golpe. Ya estoy acostumbrada  a eso.

Pero no me toca. Nunca me ha tocado, solo se queda cerca. Y hoy no está siendo diferente.

Pierdo  la conciencia del tiempo. No se cuanto tiempo paso allí, con los ojos cerrados, tratando de controlar el miedo.  Me he adormilado. De repente, abro los ojos, sobresaltada, esperando encontrarme esos ojos horribles. Pero  no hay nada. Ya se ha ido.

Decido que es hora de salir de allí. Ya deben de haberse dormido esos tres cerdos. Con cuidado de no hacer el mínimo ruido me levanto y abro la puerta despacio. La luz del pasillo está encendida, y se oye un murmullo suave procedente de la televisión. La casa está inusualmente silenciosa, no se oyen las voces estruendosas de sus hermanos o sus ronquidos.

Paso con sigilo, atravesando el pasillo,  hasta las escaleras que la llevan a mi habitación. Entonces, lo veo. Hay sangre en el suelo. Acabo de pisar un pequeño charquito y he dejado  un par de huellas encarnadas tras de mi.  Miró hacía atrás de nuevo,  y me doy cuenta. Las paredes están manchadas, en el suelo hay un rastro que atraviesa la puerta del salón donde suena “Somewhere over the rainbow” en la televisión.  También me doy cuenta de que, en mi mano derecha, apretado con fuerza, tengo un cuchillo.

Me sobresalta una idea. Los he matado. Los he matado a los tres. Él me ha obligado. Pero no, es imposible ¿verdad? Será una alucinación. O estaré soñando.  Quiero ir a mirar, sin embargo, aparto la mirada de la sangre y, resignada, me doy la vuelta hacia mi habitación. Dormir. Tengo que dormir, mañana todo estará bien. O no.

 

No se si para mi esto demuestra que escribía con quince años o que tenía unas ideas muy perturbadoras. Pero bueno, me ha alegrado  descubrir un trocito de mi yo de quince años. Y me ha gustado, o al menos me ha paracido interesante. Al parecer, y contra todo pronóstico,  tengo cosas en común con mi yo adolescente.

3 Respuestas a Mis adorables quince años

  1. Qué macabra eras, jodía.
    ¡Ay, los quince años! Con esa edad mandé un cuento a un concurso de la radio local, el primero que mandaba nunca, y me eligieron entre los diez ganadores (se presentarían doce, yo qué sé, porque era malo con avaricia). Era una ñoñada impresionante, un pelín macabra también, pero lo peor era que estaba inspirada ¡en el chico que me gustaba! Nos hicieron leer el relato en la radio, cometí el error de contarlo en clase y un grupo de gilipollas (que hoy se llamarían bullies, pero que entonces eran simplemente eso, gilipollas) convencieron al profesor para que pusiera la radio en clase y todos escucharon el relato. Incluido, por supuesto, el chico en cuestión. Quise morir, sobre todo cuando el buen chaval me dijo que era “más cursi que un repollo con lazo”. Qué mala es la adolescencia, madre.
    Lo de la escritura empieza siempre cuando somos peques. Lo difícil es mantener la afición, porque la mayoría de la gente deja de imaginar o de soñar con la edad. Una pena. La de historias que habría por ahí si todo el mundo escribiera.

  2. ¿Verdad? Era muy macabra, y casi todo lo que he encontrado va por el mismo estilo. Da casi miedo, aunque luego era una niña muy normalita.. Aunque también tengo cosas “más cursis que un repollo con lazo”, pero me da que son posteriores a los quince.
    ¡Ahh! es la adolescencia es horrible. A mi me dicen que no le tengo ningún aprecio a mi etapa de adolescente, pero es que creo que era tonta. No se en que momento empecé a tener un personalidad más fuerte, pero hasta entonces hice de tonterías, de cosas que en realidad no quería hacer… sobre todo en los quince años. Por eso me ha gustado descubrir estas cosillas, es como: Mira, toda la tontería era una fachada social, en el fondo si era yo.
    Es una pena que la gente pierda esa capacidad de imaginar y soñar ¿como se puede? No consigo imaginarme si quiera lo aburrida que sería la vida a veces si no fuese por eso.

  3. Yo siempre he pensado que lo único bueno que tiene la adolescencia es que se acaba. Bueno, eso dicen, porque van treinta y seis tacos y creo que todavía estoy en la edad del pavo.
    Es curioso, normalmente las que somos más tranquilitas, las más reposadas, luego escribimos las historias más macabras. A mí me iban las de miedo. Y luego se las contaba a mi hermano y me caían unas broncas por asustarlo que lo flipas. ;-)

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