Bajo el mismo sol…

Es el mismo sol, el que se asoma tímidamente entre las nubes y se cuela entre las ramas de los árboles, el que me hace cerrar los ojos plácidamente y disfrutar de unos segundos de descanso mientras me balanceo en  el columpio, ajena a todo, relajada,  a salvo.  No hay bombas  que ensombrezcan mi paz, no oigo el rugido de  fusiles que alteren mi descanso. No tengo que luchar por mi vida, ni esconderme. No tengo que estar pendiente de avisos de bombas, mi corazón late tranquilamente y con nostalgia al pensar en mi familia, no con dolor y miedo de no volver a verlos. No tengo que buscarlos bajo el sol, suplicando silenciosamente  no encontrarlos muertos entre escombros. No tengo que cerrar los ojos intentando evadirme del infierno…por que no estoy allí.

Pero es el mismo sol que calienta mi piel el que ilumina los escombros a través del humo, los cuerpos sin vida de niños, de civiles inocentes cuyo peor delito ha sido nacer  en el sitio equivocado, en la raza equivocada…en el lado de la franja equivocado… Es el mismo sol que muchos no volverán a ver salir.

No es la única guerra , ni será la última. Y no son las únicas injusticias en el mundo. No son las únicas personas sufriendo en el mundo. Y eso lo hace aún peor. E

Parece que esto es lo que persigue el ser humano siempre. El poder, el hacer daño, y cuanto más, mejor; muerte, infringir dolor,  pisotear al prójimo, imponerse a los demás. Lo peor de  este caso es que los que están cometiendo estas atrocidades hoy,  las sufrieron en carnes propias a lo largo de la historia…

Y en esta mierda consiste nuestra historia…nuestra existencia como especie. Guerras. Injusticias. Vidas inocentes truncadas por intereses mayores…Cuando se repase este episodio oscuro dentro de 50 años, nuestros nietos se preguntaran ¿Por qué? ¿Por qué no se hacía nada, con la de leyes, organismos y tratados que existían? ¿Por que el resto del mundo miraba impasible como se cometían crímenes de guerra sin pestañear?

 

 

 

¿Sabes por qué existen las guerras? Porque el mundo comenzó sin el hombre, y sin el hombre acabará… (El tigre en la nieve)

La calma antes de la tormenta. Regresión a otra época.

Estoy contenta, así, sin un motivo específico y por varios a la vez. Hacía tiempo que no me sentía así. Y me refiero a contenta, no bien,  si no contenta. Esa sensación  que sube desde el pecho y se refleja en la cara, y me hace unas arruguitas alargadas  muy favorecedoras alrededor de los ojos.

Desde que empecé la carrera hace cuatro años todo ha evolucionado, los cambios han sido innumerables en mi vida, en mí. Las amistades  de siempre empezaron a flojear, ya no teníamos tiempo para quedar, nos veíamos muy poco, pero comenzaron otras nuevas, relaciones que dejaran su huella en mi vida para siempre. Estar en casa era  para las vacaciones y los fines de semana esporádicos, mi vida se desarrollaba en Sevilla y poco a poco me fui alejando de esa época donde me levantaba todas las mañanas para ir al instituto y quedaba por las tardes con mis amigas para charlar o estudiar. Las largas charlas de despedida con Rocío en el semáforo  de la fábrica de harina se fueron reduciendo paulatinamente hasta desaparecer (¿para qué te mudaste?), la pandilla de amigos con la que salía los sábados se disolvió hasta el punto de decir poco más que  “hola y adiós” a muchos de ellos y a un café en verano con otros. Mi hermanito pequeño y adorable, el que me hacía ahora está en  la temida adolescencia, al igual que la panda de “gamusinos” que tengo por primos  y a los que le he cambiado el pañal en una u otra ocasión (salvo las dos pequeñas, con las que me llevo una cantidad de años que es casi doloroso de decir).

Las cosas cambian, el tiempo pasa.  Pensaba que iba a ser más complicado para mí volver a casa, dejar de lado Sevilla con todo lo que ella significaba. No sé, me esperaba algo más propio de mi ñoñería característica. Y me ha dado pena, para que voy a mentir. Hasta se me saltaron las lágrimas el día que se acabó todo.

Pero ahora estoy en casa. Estoy preparándome el Alemán para irme a trabajar a Hamburgo  en unos meses. Me levanto por las mañanas, cojo la mochila y voy a la academia, y después regreso para almorzar los guisos de mamá, como solía hacer. Descansamos un ratito, como  siempre, y luego vuelvo a mi habitación (esa que durante un tiempo casi me parecía extraña). Estudio, veo series o películas con mi hermano y hacemos el tonto.  He vuelto a quedar con las amigas de aquella época, con las que el contacto se fue reduciendo poco a poco, para retomar la amistad por donde se quedó. A veces me parece que ni siquiera ha pasado el tiempo y seguimos siendo una panda de quinceañeras.

Algunas cosas parecen no haber cambiado nada, otras han cambiado, pero siguen igual en esencia. Y otras siguen evolucionando poco a poco, pero están ahí para mí de todas formas.

Y la verdad es que esto me gusta. Es como haber vuelto al pasado, a antes de esa etapa universitaria tan esperada que ya he vivido y finalizado. Es un pequeño regalo, un tiempo para reflexionar, para vivir  un trocito de mi pasado antes de enfrentarme a otra etapa totalmente nueva y mucho más difícil que se me viene encima.

Tinny, Yoda, Zafi, Blues, Glinda…

Que veranito llevo. De verdad, que veranito. Es inaguantable la irresponsabilidad de las personas con los animales. Pero ¿de qué me sorprendo? Si  no somos responsables ni con los de nuestra misma especie…basta con ver las noticias. Así que ¿Qué es un perro o un gato abandonado por vacaciones en medio de tantas injusticias e inhumanidad?

En fin, que llevo un verano tremendo. Desde que volví a Montilla no he parado de encontrar animales abandonados. Eso, sumado a que no me dejan que acoja ninguno más en casa (ni por un día),  pues me ha complicado ligeramente las cosas.  Y es que no puedo, de verdad, no puedo mirar para otro lado. Lo siento, mamá, de verdad que no puedo. Siento hacerte cómplice de todo, pero es que es superior a mis fuerzas, no puedo mirar sus ojitos suplicantes y darles la espalda.

Mis últimos rescates del verano (y ojala, de verdad, que sean los últimos) son Yoda y Tinny.

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Yoda es este perrito. Apareció abandonado en mi calle (casi diría que en mi puerta) hace como tres semanas. El pobrecito no quería ni acercarse a las personas, si intentabas tocarlo se iba corriendo con el pánico reflejado en los ojos. Lo que me lleva a preguntarme que leches le habrán hecho a mi pobre Yoda para que tenga tantísimo miedo de las personas.

En fin, después de semanas de acercamiento, al final se dejó tocar y acariciar.  Además, se había hecho una rutina  y venía todas las noches a comer y jugar con mis perros muy contento.

Hoy por fin lo hemos cogido y está en un lugar seguro. Pero necesita una casa de acogida o un adoptante que quiera a este amor de perrito miedoso.

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El siguiente rescate es mi Tinny, mi cachorrita preciosa. Estaba en la carretera cuando la ví, un coche estuvo  a puntito de atropellarla. Como no me permiten más animales en casa, y la asociación protectora de animales no tiene refugio (gracias, señor Cabello de Alba por tenernos engañados durante dos años para al final darle el local del refugio una perrera privada), ni lugar donde llevarla, la tengo en casa, escondida (gracias, mami ¿Qué haría yo sin ti?). Es una cachorrita adorable, juguetona, y muy buena. Parece que sabe cuándo no hay que hacer ruido para no ser descubierta. Está en adopción también, aunque ya estoy un poco reticente. Es mi mimada, y no se la va a llevar cualquiera.  Tal vez me la lleve yo a Alemania en unos meses, si no le he encontrado nada bueno (muy bueno) antes.

En fin, además de estos dos últimos casos, han estado Zafi (un gatita que tengo en el campo ahora), Blues, un perrito que ha sido, hasta ahora, el único y verdadero amor de Goxi (mi perra), una gatita blanca y marrón adulta que no he podido pillar pero a la que le hecho de comer y  Glinda, una perrita rescatada de un contenedor.

Menos mal que el mundo avanza poco a poco y tenemos personas buenas que se asocian, como las de Dejan Huella, para hacer un  poquito mejor (aunque sea solo para los rescatados)

Oportunidad y metamorfosis

— ¿Pero por qué demonios sigo aquí?— Se preguntó en voz alta nada más abrir la puerta.

La habitación era un caos, la ropa estaba esparcida por los rincones más insólitos. ¿De verdad eso que colgaba de la esquina del cuadro era un calcetín? ¿Desde cuándo llevaría allí? ¿Y aquello era su ropa interior? ¿No se había enterado ese hombre del demonio de la existencia del cubo de la ropa sucia? ¿Y que era ese extraño olor dulzón? Casi prefería no descubrirlo todavía.

Además, los libros, periódicos  y revistas antiguos tapizaban el suelo.  Pasó como pudo entre ellos, pegando saltos entre los huecos libres  y bailoteando para mantener en equilibrio el enorme montón de ropa limpia y planchada que llevaba en los brazos  y no se sumara al desorden general.

Un auténtico infierno, ese hombre era un desastre. Y no es que fuese mucho mejor al trato, para nada. Amargado, insufrible y déspota. Disfrutaba irritándola, estaba segura. La insultaba continuamente, la hacía sentir una completa inútil la mayor parte de las veces, una fracasada, menospreciaba su esfuerzo y su trabajo. Y tiraba cosas al suelo, le daba trabajo extra siempre que podía.  Y  entonces, cuando perdía los papeles, cuando no podía reprimir la ira y se le escapaba en forma de bufidos y miradas furiosas, sus ojos oscuros brillaban con burla.  La miraba,  solo un poquito, su cara no mudaba esa estoica expresión de desinterés hacia ella, pero la miraba unos segundos antes de volver a darle un trago a su whiskey y  volver sumirse en el libro que tuviese en las manos ese día.  Con gusto le vaciaría la botella en la cabeza. Se imaginaba el caro bourbon aplastándole  el pelo negro contra el cráneo,  corriendo por sus mejillas como lagrimas doradas y empapando finalmente la descuidada y  poblada barba. Luego rompería la botella en el suelo, cogería a su bebe y se iría dando un portazo.

Que sí, que había sido un héroe.  Vale, que  su vida no ha sido un caminito de rosas.  Su predecesora (que ahora sabía que no había durado ni un mes) se lo había explicado todo antes de entrar a trabajar allí. “Es un poco gruñón a veces, pero ya sabes, es un héroe de guerra, fue homenajeado por su valor en combate” le dijo  “Su vida no ha sido fácil, desde niño ha sufrido lo indecible, y cuando parecía que todo por fin le iba bien,  su esposa va y se suicida. Y luego, ese horrible accidente…”

Cuando se irritaba, trataba de pensar en todo eso. Le daba fuerzas para seguir adelante. Tal vez  se sentía demasiado solo, atrapado en su silla de ruedas,  y no quería que nadie lo interrumpiera en su  patético círculo de soledad y autodestrucción, por eso se comportaba así con todo el mundo. Trataba de justificarlo, en serio, pero era tan insoportable…casi podía adivinar porque se suicidó su esposa.

Cuando aceptó, semanas antes, se imaginó como la salvadora  espiritual del  excéntrico y solitario hombre.  Todo el mundo en el pueblo había oído hablar de él alguna vez, circulaban mil historias sobre sus hazañas, sobre cómo había llegado a ser quien era. Vivía en un antiguo caserón burgués que desde que era niña había llamado su atención. La verdad, se moría de ganas de entrar alguna vez, recorrer las habitaciones, sentarse entre esas viejas paredes y  conocer de cerca la historia de su propietario. Y  entonces, el trabajo llegó a ella  tan repentinamente, en un momento  en el que lo necesitaba tanto… Le pareció un sueño cumplido, por fin las cosas iban a irle bien.

Y sí, todo era como en un sueño… un sueño tipo  pesadilla a jornada completa y del que no debía despertar si quería alimentar a su hijo.

Se sentó al borde de la cama y miró alrededor. Tenía que recogerlo todo. Se agachó  y comenzó a tirar descuidadamente la ropa sucia al cesto, mientras amontonaba los libros y revistas en una pila. No pensaba catalogarlos, que los volviera a esparcir si le daba la gana.

Uno de ellos le llamó la atención abierto y tirado al suelo al lado de la cama. “La metamorfosis”, escrito por un tal Kafka. Le sonaba, seguramente había estudiado a ese tipo en el instituto, aunque en aquel entonces ella no había estado muy concentrada en los libros precisamente. El libro estaba ajado y manoseado, algunas páginas se asomaban entre las demás, descuadernadas. La portada estaba arrugada y un enorme rasgón en el centro casi le impedía ver la ilustración de lo que parecía un insecto grande y negro. “Que desagradable, no me extrañaría que sea de sus favoritos” pensó poniéndolo en la pila junto a los demás.

Mientras colocaba la ropa en  el armario, le pareció escuchar a su bebé llorar. Lo había dejado dormido en su habitación.  Terminó de colocar algunas cosas y salió ligeramente hastiada. Su pequeño la reclamaba cada vez más seguido  y ella cada vez tenía menos tiempo para dedicarle.

Sin embargo, al salir, comprobó que el sonido  no salía de su habitación. “Está en el salón” pensó con cierto pánico infundado. Ya no lo oía llorar. Se dirigió hacia allí casi corriendo y se asomó con cuidado.

La escena que se encontró la sorprendió. Su hijo estaba sentado en el borde de la  mesa, y las grandes manos del hombre lo sujetaban con delicadeza.  El hombre estaba inclinado hacía a él y  le hacía muecas y pedorretas al pequeño, que sonería  y gorjeaba enseñando dos blancos dientecitos. Por un momento, se sintió como una intrusa en esa entrañable escena. Se quedó allí, observándolos con una sonrisa que pulsaba por salir. El hombre había apartado la botella y había dejado el libro a un lado. Su rostro se arrugaba y se expandía con cada mueca,  parecía casi jovial.

El bebé dirigió sus manitas hacia su rostro y torpemente,  agarro de la barba y tiró con fuerza.

— ¡Ay, ay, ay ! — gimió el— Eso no se hace pequeño, eso no…—se calló de repente al descubrirla observando— Vaya, está ahí, A ver si está más pendiente del crio del demonio, no me dejaba concentrarme en mi libro. Tiene pulmones de tenor.

—Lo siento— se acercó a su hijo y lo cogió en brazos. Se dirigió  presurosa hacia la puerta, pero antes de salir,  se volvió con una sonrisa — aunque  no parece llevarse mal con usted.

—¡Bah! — gruñó, antes de volver a coger su botella y darle la espalda en su silla de ruedas.

Después de dejar a su pequeño en la cuna, volvió a la habitación que había dejado a medio ordenar.  Se sentía más enérgica.  Casi contenta.  Terminó de ordenar lo que faltaba y  se dirigió a la puerta, pero algo llamó su atención de nuevo. Al pie de la pila de libros y revistas, abierto y con su portada destrozada, estaba de nuevo el libro de antes, el del bicho en la portada. Lo cogió para colocarlo y algo calló a sus pies. Al recogerlo,  tres pares de ojos le devolvieron la mirada, felices,  desde una fotografía. Una mujer muy bonita y un niño poco mayor que el suyo acompañaban al que pudo reconocer como su patrón, aunque  el que ella conocía era, si acaso, una sombra difusa del hombre seguro,  vigoroso y en plenitud que sonrió abrazando a su hijo para esa instantánea.

La guardó con cuidado dentro del libro y lo colocó en la pila, pensativa. Lo compadecía, pero entre ese sentimiento y la animadversión más absoluta, sintió una pequeña punzada de estima hacia él.  Tal vez no fuera tan malo, después de todo. Tal vez solo necesitase que alguien se quedase el tiempo suficiente, que le dieran una oportunidad. Tal vez las cosas iban a ir bien.

Niebla ( y otras formas de darme cuenta de que estoy desentrenada)

Opacidad total, una niebla  espesa, incapacitarte  Apenas me atrevo a moverme. No sé donde estoy, a penas alcanzo a ver un metro a la redonda. Me estoy asustando por momentos, nunca antes he visto algo así. Y mucho menos de forma tan repentina.

Solo me he  alejado unos metros de mi casa: salir, tirar la basura y volver. El itinerario de la excursión era bastante sencillo, pero cuando salí la niebla no era tan espesa. Ahora, la luz de las farolas queda atrapada, rodeada por un manto espeso, evitando que llegue hasta mí, como si una presencia invisible tratase de sumirme en esta diáfana ceguera. El pensamiento cala en mi sugestionada mente, y un escalofrío recorre mi medula espinal. Genial, ahora mi imaginación  comenzará a jugarme malas pasadas y pronto veré caras diabólicas y sonrientes asomar entra la niebla. Como que me conozco.

Y no entiendo como he podido desviarme tanto del camino. Aunque nunca haya sido una brújula con piernas, debería tener un mínimo sentido de la orientación. ¡Que tan solo estoy a unos pasos de mi casa! Pero soy incapaz de moverme más de dos pasos, porque no sé ni si quiera a que dirección dirigirme. Estoy aterrada y el frío empieza a calarme. Apenas estoy cubierta con una fina camisa de dormir y la temperatura desciende por momentos. Me voy a congelar como pase mucho más rato aquí parada, tengo que moverme. Dios, ¿hacia dónde tengo que ir? ¿Cómo es posible que esto haya pasado en tan solo unos minutos?

De acuerdo, de acuerdo, caminar. He de usar el sentido común, que para algo ha de servir ¿no? Si sigo hacia adelante lo más probable es que encuentre la carretera. Lo notaré por el descenso de nivel. Mi casa está a la derecha. Solo tengo que ir hacia atrás, encontrar la pared y seguirla. No parece tan complicado. Caminar. Así, un pie detrás del otro y otro más…¿Dónde está la pared? ¿No debería estar tocándola  ya? ¡Demonios! No he podido ir hacia la carretera, habría notado el escalón. Y como ni siquiera pasan coches (¿A dónde iban a ir con esta niebla?), no tengo ninguna referencia. Estoy empezando a sentirme ansiosa, necesito más aire y la niebla se cierra cada vez más sobre mí. Tengo tanto frío que tirito, estoy comenzando a sentir un hormigueo muy desagradable en los  dedos de los pies ¿Por qué no me habré quedado en mi casa?

Vale, vale, calma. Inspira, espira… Mi casa está cerca. Si grito me vendrán a buscar. Solo tengo que llamar a mis compañeros y vendrán, al menos me gritarán y yo sabré hacia dónde ir. Solo necesito una referencia. Solo tengo que gritar… ¡Dios mío! ¿Qué me ocurre? ¿Por qué no puedo gritar? Por más que articulo el nombre de mi compañera de piso, no se oye ni un susurro. Me quedo abriendo y cerrando la boca, como un pez, intentando emitir algún sonido. La escena no deja de tener cierto deje cómico, y un amago de risa asoma en mi garganta. Definitivamente, me estoy volviendo loca.

¡Oh, vamos! No puede ser tan complicado. Seguro que es alguna clase de reacción al miedo. Pero miedo ¿miedo de que? Solo es niebla. Gotas de agua en suspensión.

¡Zari! Solo tengo que gritar ese nombre un par de veces y todo acabará. Estaré calentita en mi cama en solo unos minutos.

¿Por qué estas cosas siempre me pasan a mí? Mi camisa esta mojada, la noto, se me pega a la piel de forma muy desagradable, casi obscena.

Supongo que se preocuparán por mí. Si se dna cuenta de que no subo, bajarán a buscarme.  Solo tengo que esperar un poco más .Aguantaré. Me quedaré aquí, porque tengo la sensación de que me estoy alejando de mi casa, y no quisiera no oír la voz de mi querida compañera.

¿No parece que la luz es cada vez más tenue? Como si las farolas se estuviesen apagando. Por un momento, me invade la horrible imagen de la niebla, pesada y consistente, aplastando y partiendo las farolas  ¡Por favor! Soy una autentica paranoica. Debo dejar de leer a Stephen King. Las nieblas asesinas no existen. Bueno, sí que se producen accidentes cuando hay niebla, pero no existen como un ente maligno que trate de matarme. O eso espero. Porque de ser así, mi situación  podría empeorar un poco.

Y cada vez con más frío. Si pudiese hablar, que no puedo, mi voz sonaría muy graciosa entre  castañeteos de dientes.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Por qué nadie me busca? ¿Por qué cada vez consigo ver menos? ¿Por qué soy tan tonta como para perderme a diez metros de mi casa? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Creo que me estoy poniendo un poco histérica, y así  no suelo ser yo. Es decir, soy una chica tranquila y objetiva…los ataques de pánico sin causa aparente no son lo mío.

La duda es… ¿y si hay una causa? Una que detecto subconscientemente…

¿Estoy escuchando algo? Parecen pasos, pasos acercándose a mí. Muy despacio. Como si me estuvieran buscando, intentando detectarme.

¡Por fin! Seguro que ya vienen a buscarme. Aunque hay una pequeña parte de mí  que me está diciendo que eche a correr. Y lo más rápido que pueda.

Siento a algo respirar, no muy lejos de mí. Y lo que me asusta es que pienso en algo, no en alguien.

Estoy paralizada, abrazada a mí misma y temblando como un arbolito. Intento controlar el castañeteo de los dientes, cuanto menos ruido haga mejor. Aunque me parece que cualquiera podría oír los latidos de mi corazón, parecen pequeñas y ruidosas detonaciones.

Entonces, la siento. El susurro de una respiración gorgoteante,  justo detrás de mí. Pero no noto la calidez de un aliento, noto una brisa gélida  y aterradora rozarme el cuello. El amago de algo que está a punto de agarrarme.

“¿Dónde estás?” Oigo a una voz conocida gritar, no muy lejos de mí. Y consigo que mi cuerpo vuelva a funcionar.Corro, lo más rápido que me permiten las piernas, intentando  desesperadamente alcanzar esa voz.

Y, entonces, choco. Alguien me agarra de los hombros y me sacude “Tranquila, soy yo ¿Qué te pasa?” me pregunta asustada. Mi compañera me guía hacia dentro, y cierra la puerta detrás de nosotras. Yo aún no soy capaz de articular palabra, pero puedo ver. Puedo ver de maravilla.  Veo el pasillo, la puerta y la cara curiosa y preocupada de Zari. Más allá de la puerta, solo está la espesa claridad de la niebla.

“Me he perdido”, consigo responder. La miro y comienzo a reírme de forma nerviosa. Me río tanto que tengo que doblarme sobre mi misa y sostenerme el estómago, dolorido. Ella se rie también, y las dos volvemos a casa.

En mi habitación, me asomo a la ventana antes de bajar la persiana. La niebla comienza a disiparse.

Que cosas, que imaginación tengo a veces, y que histérica me he puesto por nada. Por nada claro…Por que todo ha sido mi imaginación…¿verdad?

Como echaba en falta escribir tonterías de estas. Estoy un poco desentrenada, se me pierden las palabras que quiero usar y se me entremezclan las ideas. Pero es normal, llevo tiempo sin hacerlo. Ya volverán, ya.

Saudade

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Si las experiencias no tuvieran un final, no podríamos disfrutarlas igual. Serían simple rutina. Es un hecho que disfrutamos más todo aquello que tiene fecha de caducidad: aquellas cortas vacaciones de familia, esa  visita  express a algún amigo. Se disfrutan más, se recuerdan mejor, y es porque sabemos que acabarán.

Así que, sí, acepto que esto no habría sido tan “genial” si no se acabase mañana.  Pero duele un poco ir diciéndole adiós a todo, a todos. No ha sido mucho tiempo… ¿Qué son tres meses en toda una vida? Sin embargo puedo decir que me han  marcado. Han dejado  su huella en mí, una marca que espero llevar siempre.

No soy la misma que cuando llegué. Viana do Castelo me ha regalado muchas cosas más que sus playas y sus bosques. Me ha hecho madurar, como persona y como profesional. He aprendido a sentir, me ha abierto a los demás, he ganado confianza en mí misma. Viana me ha enseñado a ser independiente, a elegir lo que quiero.  Y me ha dado la oportunidad de conocer a personas maravillosas (y a un gato)  que  no se si volveré a ver (Who knows?), pero que se han ganado un rinconcito en mi corazón para siempre.

Pero no estoy triste. Solo tengo aquel sentimiento…”saudade”. No es melancolía, ni nostalgia…no tiene traducción al castellano. Es ese pellizquito en la garganta del que sabe que pronto se acabará una etapa  pequeñita de su vida, que va a echar mucho de menos y que nunca volverá.

Así que mañana cogeré ese autobús de vuelta. Volveré  a casa, con mi familia y mis amigos. Con Pablo, Goxi y Mini. Y después,  a seguir  llenando mi vida de experiencias, como me dijo alguien por  aquí.

Eso sí,  esta experiencia la guardaré con cuidado  en el baúl de los recuerdos de mi mente. En el de los buenos recuerdos.

Aquí estoy

Y aquí estoy, lejos de casa, observando como el  sol se acerca cada vez más al horizonte. Mirando allende del océano Atlántico, tratando de sobrevolar con la imaginación las miles de millas  que me separan del continente Americano.

Estoy aquí, entre el viento  y el sonido de las olas que rompen con una fuerza inusitada en las rocas, a unos metros de donde estoy. A veces me parece sentir un ligero espolvoreo del agua salada en la cara y me estremezco por el frio. El viento es muy fuerte, viene de frente, hacia mí, trayéndome  ese olor inconfundible del mar, agitándome con su fuerza.

Aquí estoy, encima de unas antiguas ruinas de no se exactamente que. Puede que un fuerte, un viejo faro, un almacén, que se yo. Apenas queda la base  de una primera planta y el arco de piedra donde estuviera la puerta en su día. He subido hacia arriba, medio escalando por una especie de escalera (sin escalones) y ahora estoy sentada  unos metros por encima del suelo. Hay montones de piedras  alrededor, la mayoría ya pulidas por el continuo roce de las olas. Se distingue una especia de pasarela hacia el mar, pulida y deformada, pero conserva su aspecto.  Me gustaría saber la función de este lugar, pero aún sin saberla me asalta esa conocida sensación. La del contacto ínfimo e ilusorio  con las personas que pasaron por allí, las manos que colocaron esas piedras, las vidas que se desarrollaron entre aquellos muros junto al mar.

Tengo ante mí un espectáculo increíble. ¿Lo habrían sentido así las personas que vivieran o trabajasen aquí? Se habrían quedado, como yo, sin respiración al observar los colores del crepúsculo? ¿Habrían cerrado los ojos y aspirado con fuerza el aroma del mar?

Mirando el horizonte de nuevo, no puedo evitar preguntarme como se sentirían aquellos marineros que embarcaban hacia lo desconocido, con la inquietante promesa de una tierra plana o simplemente de leguas y leguas agua salada.

En fin, simplemente, aquí estoy. Disfrutando de los pequeños grandes placeres que me ofrece este lugar.